Al cerrar un ciclo se siente esa pérdida, algo que marcha, que se marchita, dando paso a algo nuevo.
Los ciclos son constantes en nuestro día a día, y si los vivimos con humor son mucho mejor. Incluso alguna hermosa sorpresa suele hacerse presente.
Os animo a permitir exhalar para volver a tomar aire, como si fuera la primera vez.
Cierra los ojos y conecta con el sonido de mi voz.
¿Quién ser? ¿Quién dejar de ser?
Adentrándome en un túnel completamente oscuro, sin otra luz que la que llevo conmigo.
Esa cueva conocida e inexplorada lleva tiempo llamándome.
Invitándome a entrar. Por miedo la evito y sigo andando con los ojos tapados.
Hasta que el llamado es tan fuerte que no queda más que dejar de cubrir con mis manos mi vista, mi visión,
Mis pasos son más firmes de lo esperado y aún con miedo me decido a avanzar. Elijo. Sí.
El camino se traza con cada paso al dar. Sin ruletas de suerte.
Sin otro escudo que lo que llevo dentro y como única arma mi voz.
Hasta ahora acallada por el propio temor.
Sigo avanzando.
Por las paredes, grabados recientes, pasados, ancestrales.
Las memorias que recorren las venas por las que circula el flujo de vida.
El latir de mi corazón como un detector de metales, vibra con fuerza, con cada metro que dejo atrás.
Me acerco.
Sin saber exactamente a qué, aunque lo intuyo.
Mi ropa se vuelve más liviana. El control se relaja y deja de ajustarse a mi piel, para liberar la respiración entrecortada.
El aire viciado y denso que sentía al inicio se vuelve más fresco.
Esa cueva que parecía no tener fin, empieza a volverse clara.
Por fin llego a un lugar amplio.
Las paredes, llenas de estalactitas y estalagmitas.
En el centro hay algo que desprende una cálida luz.
Al pisar sin darme cuenta unas marcas se mueves las formaciones que creaban la cueva.
Una sala inmensa llena de luz y de minerales que parpadean con luz propia.
En el centro hay un asiento, en él reconozco algo olvidado.
¿Qué será?
Al acercarme y tocarlo para que la piedra me haga recordar aparece a mi lado una figura bella.
Una mujer, la cual desconozco, pero en sus ojos encuentro a alguien conocido.
Niego para mí lo que me pasa por la cabeza.
En silencio hay un diálogo.
Sin palabras nos entendemos.
Sonríe y con una ligera reverencia me invita a sentarme.
Le digo que no puedo.
Oigo por primera vez su dulce voz, la cual me cala hasta lo más profundo de mi ser.
- Te estaba esperando.
Dejo de saber. Sólo siento lo que mi cuerpo sabe y desconozco. - ¿Cómo hacerlo? -le digo.
- Acepta.
- ¿El qué?
- Aquí sólo estás tu.
- ¿Y qué hay de ti?
- Sólo soy lo que crees de ti.
- No comprendo.
- Mejor.
- No tiene sentido.
- Ahora.
- Esto es absurdo.
- Todo lo es.
En silencio la miro resignada.
- Me siento completamente perdida -me sonríe con amabilidad y siento como me abraza sin tocarme.
- Así podrás encontrarte.
Dicho esto me vi sentada en un trono de cuarzo rosa, en una sala dorada y a mi lado izquierdo, como una estatua, se erguía aquella enigmática mujer, dispuesta a acompañarme mientras empezaba a entonar por primera vez las rimas que nacerían de mis labios y cubrirían las paredes de aquel lugar que recordaba de algún momento, sin saber si había sido, sería o iba a ser.