Cuando la luz exterior desaparece, aparece otra forma de orientación.
Más silenciosa. Más sutil.
Puede dar miedo cuando nos acostumbramos a aquello que siempre ha estado visible.
Pero la noche también guarda memoria, guía y presencia.
¿Y tú, cómo sientes la noche?
Cierra los ojos y conecta con el sonido de mi voz.
Sentada me hallo,
Contemplando lo que me ofrece la noche.
¿Qué es la noche?
El cuerpo reacciona
Y la mente teme.
La oscuridad guarda memorias de muy atrás.
Sabiduría y conocimiento,
Quedan en el recuerdo.
Otro libro al que puedo acceder.
Pero ¿cómo?
Una presión siento
Aquí, sí, en el centro del pecho.
Entonces sucede…
¿Qué es ese ruido?
Pierdo la concentración y me molesto.
La mente se prepara,
Visualiza y ordena para controlar.
Sus faros inhabilitados
Poco le pueden ayudar.
El cuerpo se tensa ante su nerviosismo.
Ya nada escucha, más que su propia voz.
Cuando dejamos de ver,
Pequeñas brechas se abren
Y el temor empieza a calar
Como el agua del rocío.
Perdiendo el foco,
Creo perderlo todo.
En un ovillo me envuelvo,
Y acurrucada me abrazo
Presionando mi cuerpo,
cierro los ojos.
Algo me invita a pedir al Cielo.
¿Qué creo?
Ni yo lo sé.
Sólo busco con ansia
que desaparezca el miedo.
Nada.
Ahí sigue.
El silencio persiste
Y mi desesperación también.
Una pulsión nace del cuerpo.
Tomo aire y respiro.
¿Cuándo había dejado de respirar?
Abro los ojos y miro la luna.
Mi cuerpo se relaja.
Mi mente calla.
En ella me sumerjo
Y algo se abre.
Frente a mí,
aparece un desierto.
Por sus dunas ando,
Con la sensación de desamparo y pérdida.
Miro de nuevo al Cielo.
La luna ha desaparecido.
Una voz responde a mi silencio.
“¿Dónde irías para descansar?
Entre un parpadeo y otro
Sucede un ciclo lunar.
En un pequeño tiempo que parece eterno cuando se espera.
Toma aire niña.
Cierra los ojos.
Ábrelos y suelta.
Permite así
que salga lo que se gesta”.
Le interrumpo y pregunto de nuevo:
¿Cómo salgo de este desierto?
Su voz cálida me invade.
“Si esperas al Sol tardarás,
Regresa al cuerpo
Y él te guiará.
Atrapada en tu mente estás.
Vuelve a escuchar la serenidad
Ahí, en tu centro.
En ese templo que sabe dónde está y dónde va.
Sin temor lo sentirás.
¿Estás preparada para escuchar?”
Dudo y temo su respuesta:
¿Dolerá? Tengo miedo.
Vislumbro una sonrisa en mi mente.
“¿Temes cuando marcha el Sol, pero no cuando lo hace la luna?”
Sin comprender quedo callada.
“El cuerpo, como una vasija
Se desplaza en silencio.
Igual que la Anciana Luna,
Que pasa desapercibida ante aquel que busca
El primer rayo del día.
Más recuerda.
Gracias a la Dama de Noche,
El agua tiene forma y vida.
Danzando en su claro de luz.
Anda con tu cuerpo,
Confía y déjate guiar por su sensación.
En la calma todo está bien,
Más cuando falta
se siente como la Noche oscura.
Entra en su memoria ancestral
Y verás qué página se muestra
En su lleno día.
Parece siempre el mismo rostro,
Pero todos saben que ninguno lo es”.
Aquella voz se desvaneció con la misma sutileza que una brisa de verano.
Sin estar segura, tomé aire.
Llevé las manos al cuerpo y regresé al claro en el que había empezado todo.
Aquella luna se había convertido en una puerta,
Un puente que une realidades.
Sintiendo en mi frente su presencia,
Supe que se había vuelto un libro que podía leer y reescribir.
Recuperando mi alegría me dije,
¿Dónde está mi pluma y mi tintero?
Entonces sonreí.
Y con las manos en el centro del cuerpo dije:
Aquí.