Como esa cicatriz que parecía tan superficial llegó a adentrarse en lo más profundo de nuestro ser. Modificando y creando un nuevo yo, una barrera automática preparada para defendernos en caso de revivir la experiencia.
Alejándonos de experimentar, de innovar, de vivir.
Dejamos que los hechos pasen de largo sin pararnos a reflexionar sobre el impacto que pudiera haber tenido en nuestro ser.
¿Qué ventajas tiene tener la barrera? ¿Qué nos impide hacer esa autodefensa?
Ese autocontrol que nos lleva a dejar de jugar y de curiosear como esa pequeña niña que saltaba de un arbusto a un río.
Cuando te acercas a eso que te ilumina el rostro, en cuanto forma parte del momento y ese instante se convierte en precaución, temor, desconfianza… sintiendo como se encoge tu cuerpo ante ese miedo, grabado a fuego en cada ápice de tu piel. Das pequeños pasos hacia atrás, reculando… y alejándote de aquello que más amas.
¿Por qué? Te preguntas una y otra vez sin comprender. Hasta que te atreves a ver. Te haces consciente y sabes que es lo que te impide avanzar. Miedo. Esa experiencia que nos causó dolor, ese momento de sufrimiento que buscamos olvidar y ocultar.
Sin buscar ocultarlo a nuestro entorno sino a nosotras mismas.
¿Tanto miedo da?
El cuerpo se paraliza, las lágrimas caen al sentir como tú propio ser rechaza y reacciona ante la situación.
¿Cómo aquello que más nos hizo vibrar, brillar y amar, sonreír y gozar; se convirtió en lo que más miedo nos da?
Tu mente intenta comprender, buscando esos porqués que no sabes responder. Cientos de veces fuiste y saltaste ese bordillo, miles de instantes nadaste con los ojos cerrados, miles de veces abrazaste sin reparo alguno… y un único momento hizo que todo cambiara, esa piedra que nos hizo tropezar nos sacó de nuestra ensoñación e inundó de temor.
Dejando de dar, dejando de amar, dejando de reír… por miedo a que se volviera a repetir.
Creyendo y confiando en que ese falso control nos protegiese de un terrible mal que había surgido de la nada.
Conservando en nuestra memoria durante años y años, transmitiendo ese conocimiento a nuestra descendencia esa experiencia, con la intención de evitarles vivir esa situación.
Nuestro aprender se centra en la transmisión y el compartir de un compañero a otro. En nuestro criterio se cierne el saber, qué información es necesaria almacenar para evitar cierta situación, o, si podemos darnos cuenta que ese miedo es solamente del otro.
¿Cómo entonces salir de ese miedo? ¿Cómo atreverse a salir de nuevo de nuestras murallas?
Comprendiendo que vivir implica lágrimas, dolor, pero también risas y amor. Todo en igual medida, en un delicado equilibrio, que como un péndulo va y viene. En esa danza infinita que se repite a través de los tiempos.
Aprendiendo a clasificar ese conocimiento y usarlo adecuadamente en vez ser una defensa para justificarnos. Pudiendo atacar a cualquiera que se atreviera a rozar nuestra cúpula de cristal.
¿Cómo volver a ser esa niña que se volvía a levantar?
Si dejaras de tener miedo, ¿qué harías?
Alejando el amor tras ese desencuentro, tras esa decepción, tras ese dolor que nos atraviesa como una daga el pecho.
Una delicada sonrisa cuando consigues soltar, unos ojos que se abren y miran de nuevo a su alrededor, como si volviera a ver esa luz que creía que nunca más se volvería a encenderse.
Porque dentro de ti sabes que amar vale la pena, pues vivir sin amor es una vida vacía.
Una vida sin vivencias que se convierten en experiencias con el tiempo, es una vida perdida.
Volverte a levantar, atreverte a dar esos pasos, al principio inseguros pero que con la perseverancia se vuelven firmes.
Las situaciones se repiten para volvernos expertos, mejorando con constancia cada aspecto que se presenta, hasta que llega el día, en que comprendemos al propio miedo. Nunca desaparece el temor, es un fiel compañero que anda a nuestro lado. Si nos fijamos, nunca se pone delante para que de ese modo nos volvamos a levantar. Nunca se pone detrás para que vayamos a ciegas. Siempre va a nuestro lado. Como un consejero de la corte que nos recomienda, aquel que saca ese listado, ese libro con todo lo que debemos tener en cuenta. Una vez nos informa entra en silencio. Nos deja libres, nos permite elegir.
Cuando comprendemos que no es el miedo sino nuestra mente la que nos retiene. Nos levantamos, cogemos aire y con ese nudo en el estómago iniciamos el paso. Saliendo de esa frágil campana que nos envolvía, nos conservaba inmaculados, para aceptar que cada rasguño que marcará nuestra piel, nuestra mente y nuestro ser forma parte del recorrido. Los cielos tempestuosos, los días soleados, las noches frías, el cálido viento… son sólo condiciones del momento que al final, pasan.
Porque todo pasa. Porque lo bueno termina, pero lo malo también.