Esos pasos que se generan al andar, cada paso suave sobre la hierba, con dulzura y sutileza, con una delicadeza angelical.
El viento acaricia el rostro y el cuerpo, animándote a seguir por dónde has decidido emprender. Con cada bocanada de aire que te llega te produce una tierna sonrisa en esos labios que habían olvidado lo que es sonreír.
El temor con el que se habían iniciado esos pasos se va diluyendo con cada uno emprendido, no desaparece pues la incomodidad de lo desconocido es natural; sin embargo, deja de doler cuando te das cuenta que hay suelo por allí donde vas.
A veces, nuestra celeridad nos lleva a dar un paso más allá de lo que nuestras piernas pueden llegar, entonces tambaleamos por el socavón que no habíamos visto. Otras, el paso acelerado nos hace tropezar con aquella piedra que habíamos calculado mal.
Podemos seguir nuestro andar con el entrecejo fruncido por los tropiezos que hemos tenido por nuestra inexperiencia y algunas de ellas por nuestra impaciencia. O, podemos ver con nuevos ojos el andar, esa mirada juguetona, sin juicio que hemos olvidado. Con la que mirábamos los errores con cierta curiosidad e incomprensión, “¿Y esto cómo ha pasado?”, sin ningún pensamiento más, sin ninguna palabra más.
Cuando sentíamos el dolor y no comprendíamos lo que sucedía, nuestros ojos se humedecían y nuestra mente no comprendía.
En aquellos momentos en que venía un adulto y te abrazaba, un adulto que te gritaba, un adulto que te sacudía el polvo, un adulto que te pegaba, ese adulto que no llegaba.
Cada gesto, cada emoción, cada pensamiento, se van entrelazando según nuestras vivencias, según interpretamos con el filtro que tenemos para ver la vida. ¿Qué sucedería si cambiáramos la manera de verla? Si nuestros filtros cambiaran.
Una misma caída sería una completamente nueva, una experiencia completamente diferente, seríamos una persona desconocida.
Nos conocemos por nuestro pasado, nos desconocemos por nuestro futuro. Sólo sabemos quiénes somos a día presente.
Un nuevo yo abre los ojos con cada amanecer.
Repetimos aquello que no comprendemos, repetimos aquello a lo que nos resistimos.
¿Y qué es?
Cuando dejamos de reaccionar a lo que nos sucede y simplemente lo contemplamos, la respuesta se presenta, vemos la solución. Nuestra actitud reactiva a los acontecimientos nos impide ver que hemos vuelto a caer en ese socavón que a plena luz del día se ve. Vamos con ojos cerrados por un camino lleno de luz, quejándonos de la oscuridad.
¿Es pues la oscuridad la culpable?
¿O nuestra inconsciencia por ir con los ojos vendados?
Bandos de dualidad existen cuando somos reactivos a la vida. En el momento en que nos convertimos en ese adulto que esperábamos llegara tal como lo anhelábamos, tal como lo necesitábamos, es cuando la dualidad desaparece. Pero, ¿desaparece en verdad?
Se esfuma de nuestra realidad los filtros que teníamos en nuestros ojos inocentes, dejando de ver la vida de un único color, para contemplar un hermoso caleidoscopio.
Volvemos a ver con esos ojos de sorpresa, expectantes a lo que suceda.
Una simple estampa como puede ser un cielo azul, viendo esas nubes que se acercan y lo tornan grisáceo, nos vuelve a parecer tan curioso y tan hermoso como la primera vez que abrimos los ojos para explorar este mundo.