Había una flor que no sabía florecer.
Rodeada de otras flores que habían abierto sus pétalos y lucían colores extravagantes y mágicos.
Se preguntaba cómo debía hacerlo.
Apenada intentaba concentrarse, pero nada.
Salió de su tiesto y se acercó a sus vecinas. Unas flores hermosas con un color burdeos y una textura de terciopelo.
-Disculpad, ¿me podéis decir cómo florecer?
Alguna de ellas se rieron y la incomodaron al ver que aún tenía la forma de un capullo sin florecer.
Una de ellas le respondió:
-Tal vez ya lo has hecho, no esperes ser como nosotras.
La pequeña flor se sintió verdaderamente mal. ¿Así se iba a quedar? ¿Sin nada más?
Mientras se alejaba pudo escuchar las sutiles risas de aquellas magníficas flores.
Se sentía decepcionada consigo misma y empezó a criticarse.
“Claro, no soy capaz de hacerlo, no lo conseguiré”.
Arrastraba las raíces mientras se desplazaba al encuentro de otras flores que pudieran ayudarla.
Frente a ella encontró unas flores pequeñas pero muy agraciadas en forma de campana.
Fue lo más deprisa que pudo.
Las flores blancas la miraron desde la lejanía.
-Perdonad, ¿cómo habéis florecido?
Entre ellas se miraron, una de ellas se agachó y le susurró.
-Disculpa mi grosería, pero, ¿no deberías saberlo?
Su pregunta fue como una púa que se le hubiera clavado en las hojas que le colgaban del tallo.
“Tal vez no puedo, además, es algo que debería saber”, su moral iba mermando.
Se sentía decaída.
Buscó otras flores que pudieran ayudarla.
Los días pasaban y su confianza fue decayendo a niveles estrepitosos.
Ni el Sol le alegraba ya.
La luz que tanto anhelaba la apartaba.
Sentía que no era merecedora de recibir esa energía.
Un día sentada en una pequeña piedra miraba el agua de lejos.
A su lado apareció una flor muy grande de un tono amarillento y con un montón de pipas en el centro.
-¿Te sucede algo? -preguntó al verla de ese modo tan alicaído.
-No puedo florecer –dijo tajantemente la pequeña flor.
-¿Por qué razón dices eso? -extrañada la gran flor se sentó a su lado.
-Lo he intentado por todos los medios y nada. Las otras flores se han reído de mi cuando les he pedido ayuda, me han rechazado, juzgado e ignorado.
-Vaya… ¿todo eso te ha pasado?
-Tal vez sólo he de aceptar que no puedo hacer como el resto de flores y listo.
El amarillo de la flor relució ante el Sol.
-Puede que ese sea el problema.
La pequeña se giró para mirarla, el pequeño flujo de su sabia circulaba nerviosa y a trompicones; con temor preguntó:
-¿A qué te refieres?
-¿Por qué quieres ser cómo las demás?
-Bueno, no es que quiera… creo… sólo quiero saber por qué razón no florezco.
La gran flor agitó sus pétalos dorados.
-¿Y te has preguntado cómo floreces tú?
Atónita respondió que no, no sabía cómo se hacía eso.
-Pequeña flor, no busques ser. Limítate a ser.
-¿Qué quieres decir?
-Las flores al igual que la primavera surgen sin más, cuando es el momento. Forzarte a florecer es obligarte a volverte una flor completa sin estar lista.
-Pero, ¿por qué otras florecen antes?
-No existe un antes ni un después. Florecemos cuando es el momento. Disfruta de cada etapa.
Las dudas y los miedos parecían estar desapareciendo.
-Entonces, ¿te refieres que se dará por sí sólo?
-Exacto.
-Pero… tengo que estar preparada… saber hacerlo.
-Cuando queremos tanto algo es por qué no estamos preparadas. Deja las preocupaciones, el estar preparado… Cuando algo sucede es porque es el momento para ese aprendizaje.
-Las otras flores se apartan de mi por no estar preparada, me rechazan…
-¿Y qué? Todos tenemos nuestro momento y saber respetarnos es lo más importante. Vive sin estar pendiente de los juicios externos. Toda etapa es hermosa. Es una lástima que la valoremos una vez no podemos volver a ella. Estar pendiente de lo que digan las otras flores sólo te hará estar triste por nada. Sus juicios se vuelven tuyos y más retrasa lo que por sí sólo se ha de dar.
La flor estaba desubicada, se había sentido una inútil y ahora… no estaba segura.
-¿Temes florecer?
La pregunta la dejó en shock.
¿Temía su propio crecimiento? ¿Era posible que lo que más ansiaba más miedo le daba?
-No lo sé…
-Sí lo sabes.
Miró sus hojas, era tan pequeña e insignificante.
Sus lágrimas llenas de savia salían de sus cerrados pétalos.
-¿Y si no me gusto? ¿Y si florezco mal?
Rotando sus pétalos amarillos le invitó a mirarse en el pequeño charco.
-Mira tú reflejo y dime qué ves.
Con temor y sin ganas de intentarlo se lo pensó unos instantes. Finalmente se acercó, se plantó delante hasta verse por completo.
Se sorprendió al ver lo que reflejaba el agua.
-¿Ésta soy yo?
-¿Qué ves?
-Veo una flor blanca, pequeña con una suave textura.
-¿Te ves los pétalos?
-Sí.
-¿Y eso qué significa?
La pequeña flor cayó en la cuenta de lo que iba a pronunciar a medida que le venían los pensamientos.
-He florecido.
-¿Cómo lo has hecho? Creía que no podías.
-Creo que en el intervalo entre mis miedos y cuando estos se alejaron.
-En el momento en que dejamos de insistir en hacer las cosas por contentar o porque hay que hacerlo y nos damos el tiempo que nosotras necesitamos las cosas suceden por sí solas.
-Gracias, has sido la más amable y me has ayudado mucho.
-Deberías dártelas a ti primero. Las otras flores sólo manifestaban en voz alta lo que pensabas de ti misma.