Constantemente nos vemos sumergidos en un océano de pensamientos, sin poder ver ni discernir, ni observar realmente con claridad. Nublados por olas de movimientos de la mente que busca por dónde ir, qué hacer; buscando esa seguridad protectora que tememos perder.
Volviéndose borrosa nuestra visión.
En ese momento sentimos que nos ahogamos. Sin poder respirar en un mundo lleno de aire. Sin darnos cuenta que todo en nuestra mente está. Sujeta a una distorsión de la realidad. Alejándonos de donde realmente quiere estar. Perdemos la capacidad de sentir. Dejando que los falsos sentidos nos indiquen un camino erróneo y confuso.
Intentando salir a flote nos ahogamos más y más, agotando nuestras energías.
Cuando llega el momento, nos rendimos al basto mar y dejamos que nos devore entre sus terrible oleaje.
Dentro del agua, cerrando los ojos, vemos la nada. Todos los sentidos se vuelven uno y la brújula que parecía que había perdido su sentido, deja de girar sobre si misma y empieza a oscilar, centrando su flecha hacia una dirección. Abrimos los ojos y vemos que indica hacia arriba. A salir a la superficie.
Con el corazón encogido y el cuerpo tenso, hacemos un último esfuerzo para salir de nuevo. Abrimos los ojos y miramos de un lado a otro, con una mirada de sorpresa, sin apenas comprender. Delante nuestro se expande una masa de agua en calma, prácticamente como si fuera una superficie de cristal por la que podríamos andar. Algo en nuestro interior nos invita a levantarnos como si saliéramos a tierra firme. Confiando en nuestro nuevo sentir nos encontramos andando por encima del agua que hacía unos instantes nos ahogaba y nos arrollaba con fuerza.
Nuestros pasos avanzan y nuestro rostro observa el camino.
Un sendero sobre el que nos brinda la posibilidad de verlo todo, de ir a cualquier lugar, un horizonte sin fin.
Un nudo en el estómago nos hace sentir abrumados por tal inmensidad. Nos dirigimos una mano cerrada sobre el corazón.
La brújula que hacía unos instantes estaba en nuestra mano había desaparecido de nuevo. Pero con la mente en silencio sentimos como nuestra mirada busca hacia donde continuar. Hasta que se posa en una dirección y nuestro cuerpo sin dudarlo avanza.
Breves latidos se generan como pequeñas pulsiones que nos confirman que esa es la dirección que hay que tomar. Por donde hay que andar en este instante.
Sin saber de dónde salen esas energías renovadas que sentimos, nos damos cuenta que las dudas no han desaparecido, pero, continuamos el camino con valentía hacia lo desconocido.
Del silencio surge una nueva voz, hasta ahora acallada por el bullicio y el temor de nuestros yoes internos. Una voz suave pero firme, que nos invita a abrazar el conocer de lo desconocido. No impone ni juzga, sólo invita.
A nuestra mente aparece una imagen de un pequeño barco. En él vemos aspectos de nuestro ser personificados, todos ellos en fila, abriéndonos el paso hacia la popa. Subimos despacio con pasos inseguros pero constantes cada uno de los escalones. Nos damos la vuelta y vemos una multitud esperando, observando. Y aquella voz que nos llegaba a la mente sale de nosotros y nos invita a acercarnos al timón. Tomando nuestras manos nos acompaña para cogerlo, “Tu tripulación lleva tiempo esperando que tomes el mando”, con suavidad y sutileza separa sus manos de las nuestras. Cogemos con fuerza el timón con el corazón acelerado y con temor, volteamos a nuestro lado para encontrar ese apoyo que sentimos que necesitamos. Sentimos náuseas y mareaos ante lo que vemos delante de nosotros.
“Toma lo que tuyo es y siempre fue”, con un nudo en la garganta conseguimos decir, “No creo que esté preparada”; su cálida mirada se volvió una tierna sonrisa, “Nadie lo está, sólo lo sabrás haciéndolo”, la tripulación se dispersó y cada una de las personas que hacía un instante estaban observándome se fue colocando en su posición dentro del barco. La voz que seguía a mi lado vio mi desconcierto y dirigió sus ojos hacia el horizonte.
“Todas las personas que están en este barco toman la responsabilidad que les corresponde, es hora que tomes la tuya”.
“No sé lo que tengo que hacer” solté apartando la mirada cerrando los ojos.
“Si lo sabes, sólo huyes de ti misma”.
“Me queda mucho por aprender antes de reclamar este puesto”.
“Lo que es tuyo no se reclama, pues tuyo es; se te está invitando a que tomes tu lugar”.
“Incluso ahora sigo sin saber dónde he de ir o qué he de hacer”.
“Te equivocas, has navegado hasta ahora en un barco que no tenía quién lo dirigiera, dejándose llevar por el fluir de la corriente”.
“No sé navegar”.
“Nunca se aprendió esperando. Habrá momentos en que dudes, habrá equivocaciones, habrá instantes de temor; pero cada error te acercará más a aquello que buscas”.
“¿Y qué busco?”.
“A ti. Para ser maestra debes volverte tu propia maestra”.