Bajo la sombra de un gran árbol derramaba lágrimas sobre el regazo de mi abuela, «Temo que mi mente me cree una falsa ilusión, amar algo irreal, a que el dolor crezca y nunca pueda sanar». Con sus tiernas pero temblorosas manos me ofrecía caricias para calmar mi mente a punto de explotar.
“Las flores se marchitan con el desconfiar, los duros encuentros hacen mermar el confiar en el prójimo, así como no temer amar.
La dureza del corazón hace más difícil andar pues por miedo a sufrir os negáis a intentarlo de nuevo.
Si supierais que con cada intento estáis más cerca de encontrar lo que buscáis... Pero la mayoría se queda con la firmeza de endurecer el corazón.
Debéis abrirlo sin entregarlo, impidiendo que os dañen. Sufrís por esperar lo que el otro no es puede dar y por no ver la verdad. ”
Me levantó la barbilla para observar mi rostro de incertidumbre.
“Dulce flor, sueña cuanto quieras en el amor.
Las ilusiones son dolorosas y nocivas cuando nos impiden vivir la realidad.
Sin sueños no hay esperanza y sin realidad no hay vida.
Vivir en medio de ambos conceptos es lo que has de hacer.
No temas ser creadora de la realidad, pues sin ilusiones e imaginación no puedes crear. Pero si las cosas no suceden como has pensado no te enojes ni temas seguir el camino.
Acepta cuanto llegue a él.
Que la ilusión no te impida ver la verdad.
Que la realidad no te impida crear una ilusión”
Precioso, me has emocionado, tal vez me has leído el corazón.