“El anhelo de ver la luz propia, es el mayor camino.
Lleno de baches tiene dicho camino, sin embargo el más gratificante. Los ojos y la energía que emitimos son el reflejo de nuestra alma.
Cuando el alma está en paz es lo que transmites, lo que atraes.
Recuperando la seguridad y las cualidades perdidas en algún instante en la vida, o que creíamos que eran una simple ilusión.
Empezamos a ver lo que los otros veían y no éramos capaces de comprender o aceptar. ¿Cómo podían ver tales virtudes en nuestro interior? El cual creíamos vacío o lleno de terracota.
Contemplar nuestra luz desquita las intenciones nocivas de pretender buscar las virtudes del otro. Tales metas imposibles de conseguir, por el simple hecho de que no podemos ser otra persona.
¿De qué serviría?
Bastante tenemos en recorrer nuestro arduo camino, como para querer además emprender el del otro.
Cuando nos rendimos y aceptamos que no podemos ser como el otro, ni andar lo que no nos pertenece es cuando somos capaces de ver, mira, observar y finalmente comprender el mundo a nuestro alrededor.
Un mundo pleno que sólo nosotros podemos disfrutar, porque ha sido diseñado para nosotros y por nosotros.
Dejamos de remar solos en un río lleno de puntiagudas rocas a la deriva, y viendo como desaparecen los rápidos es cuando el agua empieza a calmarse y a llevarnos por un camino, aún con rocas, fácil de navegar.
Hermoso de cruzar.
Rendirse no implica perder, de hecho lo que conseguimos es ganar, no porque hubiera una competición, sino porque del otro modo habríamos perdido por completo lo único que siempre ha sido nuestro, el YO.”