El amor es una frontera que tememos cruzar.
Nos genera inquietud e incomodidad por lo que nos podamos encontrar.
Temiendo que el ser amado con el que compartir, nunca pueda llegar a nuestro ideal.
Recia y firme es en nuestra mente la imagen que tenemos de él.
Por lo que el miedo a lo desconocido nos hace mirar una forma humanoide del terreno árido, vacío de emociones, y disto a lo que queremos de verdad.
Pero que cumple nuestro ideal mientras dure, hasta que el tiempo nos recuerda que esa forma vuelve a la tierra de donde surgió, volviéndose granos de arena que caen como un reloj.
Cuando nuestro deseo de cambiar es mayor que nuestro ideal nos acercamos con miedo a lo que oculta el telón.
Detrás de él se encuentra nuestro amor y nuestro pesar. Pues de la mano van.
Con el corazón en el puño corremos el velo, lo hacemos lento y con temor.
Cuando éste corre sin más y ya no puede abrirse más, vemos un espejo al que mirar.
Nuestro reflejo aparece con nuestro mismo pesar y sorpresa a la vez, sin comprender.
Tanto tiempo buscando y miedo de encontrar; finalmente cuando hay rendición, surge ante nuestro ser.
Tu otra mitad, tu otro yo, renegado por siglos.
Dándote cuenta que con el mismo rostro de temor te observa, expectante.
Un suspiro acompañado al instante de una jovial sonrisa sale de tus labios, comprendiendo lo absurda que ha sido la búsqueda.
Acercándote al espejo que ocupa la sala y que contiene tu otra mitad.
Sonríes y te devuelve la sonrisa, en ese momento, vuelves a sentirte completo.
Abriendo los labios para decir aquello que llevas tiempo esperando pronunciar.
“Llevo tiempo esperándote”, a lo que te responde, “Yo también”.