Ver la oscuridad de tu propio interior y tener miedo que realmente tu ser está teñido de una tinta oscura.
Comprobar que te odias a ti misma por no saber sacar a la luz como eres, duele.
Temer que tu ego sea tan grande que en realidad, quizás no tengas tanta bondad ni tanta luz como creías, da miedo.
Da miedo observarse, por si nuestros miedos son reales o si la manera de ser o capacidades que tenemos son sólo producto de nuestra imaginación.
Esa caja llena de candados que tenemos en nuestro interior y pocos conocen su verdadera esencia.
¿Qué ocurre si dentro de la caja no encontramos lo que queremos? ¿Qué ocurre si está vacía? ¿O si no nos gusta lo que vemos?
Tal como mi mayor maestra dice, mi madre, dentro de la caja encontrarás lo que tú misma pusiste, puede que cueste entender lo que hay en su interior, puede que no sea lo que esperabas. Pero sin embargo, puedes estar segura que te gustará, porque la persona que más te ama en esta vida, en este mundo y siempre, eres tú. Sólo tú.
Deja los miedos del pasado, esos fantasmas que rondan por tu mente, déjalos marchar y mírate por primera vez, con tus propios ojos, tu ser. Tu yo. Tu yo verdadero.
Suelta el lastre, pues este puerto ya nada tiene que aportarte.
Es hora de que dejes a un lado tú antiguo y figurado yo, y navegues por un nuevo y desconocido océano en el que llegarás al encuentro de ti misma.
Sea lo que sea que te encuentres te aseguro que habrá valido la pena.
Aunque tengas miedo durante el trayecto, está bien, si te enfadas, está bien, cualquier emoción que sientas, está bien. ¿Sabes por qué?
Porqué gracias a esas emociones y sentimientos sabes que sigues respirando, que tu tiempo sigue corriendo y puedes seguir avanzando en la marea.
No temas parar por el camino y quejarte por las dudas que tengas, no temas preguntarlas. ¿Quién ha llegado a un lugar sin pedir indicaciones o perderse?
No es erróneo dudar o tener miedo o equivocarse, te confundes estrepitosamente si piensas eso.
Ningún gran maestro que se precie se ha saltado esos pasos. Pues la receta del éxito es tener dudas, tener miedo, equivocarse en todo y lo más importante, a pesar de ello levantarse y seguir adelante. El valor de querer llegar cueste lo que cueste y aunque nadie confíe en lo que intentas. Mientras confíes tú, es más que suficiente.
Los regalos no se dan por pena o porque deben darse. Es porque uno se los merece.
Dejar a otros atrás no es ser un sin corazón, es preocuparse por ellos, pues quizás no están preparados para el camino por el que transcurres.
Envidiar las cosas buenas de los otros no es para dañarte, es para que aprendas y conozcas actitudes y habilidades maravillosas que existen en el mundo y puedes tener con tu esfuerzo, igual que hizo el otro.
Enfadarte contigo mismo es bueno, pues te observas y evalúas lo que no te gusta, y con trabajo lo puedes cambiar.
Sentir pena por el otro es faltarle el respeto, pues consideras que no es capaz de llevar a cabo su cometido.
Sentir tristeza por una pérdida es egoísta, pues es considerar que aquello era de tu propiedad y sólo podía marchar cuando tú mismo lo vieras oportuno.
Esperar que el otro te de algo a cambio es pensar que tiene la obligación de complacerte.
Alegrarte por el prójimo cuando tú mismo estás en un mal momento es la prueba de que estás haciendo bien tu trabajo.
El sabio no predica que lo es ni lo que hace, el sabio es el que tiene las respuestas a tus dudas e inquietudes. Porque antes que tú, tropezó él.
Sentirte mal por decir las cosas a quien te importa, ya sea al prójimo o tú mismo, es lo más cercano al amor. Porque aún con miedo a que se aleje y te repudie, tu intención ha sido advertirlo del dolor.
Aceptar tus propios errores es aceptarte.
Perdonar es comprender que el otro hizo las cosas como supo o como pudo en ese momento y circunstancia.
Pedir perdón es admitir tu equivocación y aclarar tus intenciones.
Dar las gracias es comprender el valor que tiene lo que recibes y tienes.
Culparse a uno mismo es creer y considerar que tus determinaciones siempre son correctas y nunca hay error que valga. Eso es ser gobernado por el ego.
Ser humilde es aceptarse, aceptar y reconocer lo que uno es sin esperar halagos ni fardar de ellos.
Ser paciente es comprender que todo requiere su tiempo.
Ser comprensivo es entender que el otro o tú mismo son como son y todos tenemos nuestros momentos y estados de proceso.
Ver la verdad es aceptar la realidad de la vida, aunque contenga cosas o situaciones que nos incomoden, nos disgusten o estemos en desacuerdo.
Nada es constante en la vida excepto el tiempo, y éste, a veces puede ser inconstante según nuestro estado de ánimo.
Fluir por la vida es navegar por ella sin prisa pero sin pausa, sin querer ir contracorriente.
Aceptar la vida es saber que sólo nuestra actitud está en nuestras manos, y eso, nos hace libres de escoger lo que nos llega.