El otro día dejé de lado la agenda, los tempos y me sumergí en el tiempo de los pequeños.
En el cumpleaños del hijo de una amiga me impregné de lo que emanan los niños. Esa vida llena de pasión por simplemente ser. Sin máscaras.
Calando con calma, me desperté al día siguientedispuesta a disfrutar del día sin el «Tengo que». Las palabras vinieron solas. Cada vez siento más la emoción que brota cuando escribo y leo en voz alta aquello que narro. Queriéndola controlar, como hasta ahora.
Pero tal vez, solo tal vez, es innecesario, cuando se siente paz al sentirlo.
Cierra los ojos y conecta con el sonido de mi voz.
Siento un amor tan grande en el pecho.
Plenitud, paz y armonía.
¿De dónde viene?
Tanto tiempo con el corazón encerrado, alejando a quienes se acercaban por si marchaban de nuevo.
Ese recuerdo. Anclado en la memoria, perdura y gobierna mis pasos.
Sólo pensar en ti me daña y me apena. Lo que debió ser.
Más no, así sucedió.
Sin juicio en este instante, comprendí cuan dañados estamos todos, haciendo desde lo que sabemos al momento.
Es la mente presente quien ha de comprender.
Pudiendo ir de un tiempo a otro. Que allí ya pasó.
Ese escenario tenía su decorado y este otro.
Cuando comprende el juicio se pierde, recordando que somos niños con trajes distintos.
Jugando a cuanto imaginábamos en aquel momento, viviendo ahora aquel juego.
Las risas recorren el aire, esa pureza que sale de más abajo del pecho.
Un sonido que cambia los colores que rodean y confunden esos ojos teñidos.
Unas cosquillas recorren mi interior y un escalofrío se expande por todo el cuerpo dibujándome una sonrisa.
¿Qué imaginaba de niña? ¿A qué jugaba?
Tal vez, me guiaba el camino a mí misma.
Dejando de visualizar mayores que trazan el andar.
Puedo ver a una jovencita risueña, con millones de cantares e ideas, creando mundos inocentes.
Creyendo que era frágil, descubrí que esa niña guardaba una fortaleza que ninguna máscara pudo sostener.
Mi cuerpo cambió, creció, pero esos ojos que me atraviesan conservan el resplandor de alguien que ignoré, por escuchar a quienes oraban más.
El tiempo es maestro del camino, más los niños son dueños de su arena.
¿Cuánto dura un minuto? Lo que el puño de un nacido puede tomar.
¿Qué más da cómo llegué aquí?
Y si me pregunto, ¿Qué puedo hacer aquí?