Raras son las flores del invierno.
Su belleza es dulce y dura al mismo tiempo.
Sumergidos en una época de soledad os hayáis para encontrar, para encontraros.
Un nuevo comienzo tiene un instante anterior de espera, observamos el horizonte para contemplar el nuevo rumbo, los nuevos desafíos, sin extrañar la última mirada atrás; es un momento en que nos damos cuenta de aquello que hemos vivido, hecho, deshecho, sentido y visto.
Esa experiencia convertida en conocimiento está en nosotros allí donde vayamos desde el nuevo punto.
Por eso no hay que temerle al pasado sino lo que aquello que hagamos donde nos encontramos con lo que hemos recogido.
Soltaremos y habrá caminos que se separen, pero con una sonrisa en el rostro daremos ese nuevo paso.
Seguimos nuestro camino queramos o nos resistamos a ello.
Por lo que extrañar es privarte andar.
Caminos van al mismo destino y otros sólo son cruces de senderos sin otro objetivo que intercambios.
Reajustamos con lo que encontramos en el camino el equipamiento y nuestro movimiento.
Sin los encuentros desconocemos desde donde nos movemos.
Vivimos como tragedias estos momentos cuando no comprendemos.
Esperamos que un mundo nos vea a la luz del día.
Gritamos, saltamos,…
Sin percatarnos que en la oscuridad de la noche, en su tierno silencio, sólo podemos ver una luz, la que cada uno emite.
Para verla hay que escuchar los secretos del silencio, conocedor del mundo. Todo está en nuestras manos, aquello que permanece secreto no es más que aquello que no queremos escuchar.